La
casa que albergo inicialmente al Museo de la Ciudad, fue
la residencia de don Julio Rivas Bonilla y su esposa Martha
Gallont de Rivas, situada en la 4ª Calle Oriente 1-6
de la ciudad de Santa Tecla, familia tecleña-sonsonateca
que se radicó en esta casa desde 1934 hasta la muerte
de don Julio en 1987.
El
ilustre profesor tecleño, don José María
Cáceres, casado con doña Carmen Bonilla, tía
de don Julio, fue su mentor y casi un padre, con quien aprendió
desde sus primeras letras hasta el inglés y francés.
Don José María, su esposa y su cuñada
María, vivieron por muchos años en la casa
que actualmente ocupa Telecom, que linda al nor-poniente
con la casa que fue de los esposos Rivas Gallont.
En
1934 don José María dispuso heredar
a don Julio y doña Martha la casa que habría
de servirles de residencia por el resto de sus vidas.
En 1938 don Julio contrató al arquitecto Ernesto
De Sola para que construyera las habitaciones que
forman la fachada de la casa, de las cuales, la última
al poniente fue posteriormente oficina y estudio de
don Julio, donde pasaba horas enteras trabajando,
leyendo, oyendo música o simplemente reunido
con su esposa, hijos y los once nietos que rebalsaban
hasta los cuartos adyacentes los domingos cuando llegaban
a cenar. |
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Interior
inmueble
en 1934 |
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Interior
de la casa del museo |
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El
interior de la residencia conserva, en lo posible,
su configuración original, después de
sustituir con concreto las paredes que otrora habían
sido de bahareque. El conocido constructor tecleño,
el "Maestro Luis Montes", tuvo a su cargo
los varios trabajos de reforzamiento y remodelación
del interior de la casa. |
Aun
se puede apreciar, en la esquina interior sur-oriente de
la casa, lo que fue una ventana abierta que comunicaba la
casa de don Chema Cáceres con la de don Julio y doña
Martha. Esa ventana sirvió durante años no
solo para pasar objetos y alimentos de una casa a otra,
sino para que las señoras (y, con frecuencia, el
servicio doméstico) pasaran largos ratos en amigable
tertulia.
La
calle en que se ubica la casa, fue la primera que se asfaltó
en Santa Tecla y, mientras no se pavimentó el resto
de la ciudad, la calle se conocía, simplemente, como
"la pavimentada". En cada esquina la calle tenía
unos badenes hechos a propósito para permitir que
las aguas lluvias, que bajaban desde el volcán hasta
la quebrada del Piro, corrieran libremente.